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LA PALABRA QUE NADIE QUIERE MENCIONAR: CÁNCER

Vamos a detenernos sobre una de las enfermedades graves que más temor genera por su virulencia y sus consecuencias: el cáncer.

 

Si bien el tema excede el marco de esta publicación, nos referiremos al mecanismo de la génesis tumoral, a fin de mostrar la importancia de la depuración corporal en su desarrollo. Para ello utilizaremos algunos conceptos del Dr. Christopher Vasey, quien en su libro “Comprender las enfermedades graves” realiza una didáctica explicación del fenómeno.

Mucho se habla de la grave exposición a las sustancias cancerígenas, como factor  desencadenante de los tumores. Sin embargo, no basta con eliminar todas las sustancias cancerígenas conocidas para estar a salvo del cáncer.  Una célula normal puede convertirse en cancerosa cuando el medio se degrada  por sobrecargas y carencias. En este contexto, el destino de la célula cancerosa  depende totalmente del terreno, pues una célula cancerosa no se convierte  automáticamente en un tumor maligno.

Todo ser vivo, ya sea un microbio o una célula (cancerosa o no), sólo puede vivir en un organismo que lo acepta y le ofrece condiciones para su desarrollo. Cuando esto ocurre, los microbios se multiplican y se genera una infección; si se trata de una célula cancerosa, su multiplicación genera un tumor. Pero cuando  el terreno no ofrece las condiciones necesarias, el microbio resulta inofensivo  y es destruido, mientras que la célula cancerosa también es destruida  por el medio hostil.

Conociendo el mecanismo reproductivo de las células, es interesante analizar cuánto  se necesita para que una célula cancerosa se convierta en un tumor amenazante.  Se sabe que la diferencia entre una célula cancerosa y una normal, está dada porque aquella se divide cada vez en dos células fértiles, mientras ésta se divide en una fértil y una estéril. Esa es la razón por la cual un tejido sano es estable y un tejido canceroso crece en forma rápida. Con el auxilio de las matemáticas, veremos cuán “lenta” es dicha velocidad inicial y cuánto puede hacerse entre tanto.

Tengamos siempre presente que la teórica multiplicación geométrica de las Células cancerosas requiere de una condición esencial: que el sistema inmunológico de dicho organismo no cumpla su función, es decir que no actúe como debe, sea por toxemia corporal o por carencias nutricionales. Una célula cancerosa se divide cuatro veces al año aproximadamente. Esto quiere decir que al cabo de un año, la célula original se habrá convertido en dieciséis células, cifra insignificante en un organismo compuesto por billones de células. Recién al tercer año, el tumor habrá alcanzado el número de mil células. Aún continúa sin representar peligro alguno, pues resulta inestable y mal asentado en los tejidos, pudiendo ser destruido y eliminado con facilidad. Si las condiciones del medio le son desfavorables, puede desaparecer espontáneamente. Es más, se sabe que tales tumores existen corrientemente en el organismo, pero no tienen efectos molestos si el sistema inmunológico
funciona y el terreno está sano.

Para llegar al estadio del millón de células hace falta llegar al quinto año de desarrollo, siempre en la hipótesis de crecimiento libre, como consecuencia de la inacción del sistema inmunológico. Aún así estamos en presencia de un tumor que solo mide un milímetro, pesa un miligramo y resulta demasiado pequeño para ser detectado con las técnicas actuales.

Deberemos esperar hasta el octavo año para que alcance el estado de los mil millones de células; entonces mide aproximadamente un centímetro y pesa un gramo. Ha logrado crecer e instalarse sólidamente en los tejidos y recién ahora
puede ser detectado. Aquí inicia la fase realmente peligrosa para el organismo, pues comienza su propagación: las células se desprenden del tumor madre (metástasis) y a través de los fluidos corporales van a colonizar otras partes del cuerpo.

Hacia el décimo año el tumor alcanzará la masa crítica del billón de células, pesará un kilogramo y medirá diez centímetros. Seguramente provocará la muerte del portador, pues el organismo no puede resistir semejante masa tumoral. Pero debemos reflexionar que  para llegar a tal estado de gravedad, han debido transcurrir ocho años de evolución imperturbada; ocho años en los cuales el sistema inmunológico no cumplió su cometido; ocho años en los cuales la toxemia corporal brindó las condiciones adecuadas para que se reprodujera sin problemas!!!

Si bien la descripción del ejemplo es teórica, pues la velocidad de desarrollo de un tumor es totalmente dependiente de las condiciones del medio en que se encuentra, sirve para demostrar cuánto dejamos de hacer… y cuánto podemos hacer por nuestra salud!!! Cualquier mejora que introduzcamos en la calidad de los fluidos orgánicos, representa  una reducción de las posibilidades de desarrollo del tumor. Cuanto más toxinas se expulsan y más se satisfacen las carencias, más vitalidad recuperan las células normales y más adversas se vuelven las condiciones para las células cancerosas. Todo esto nos indica dos cosas. En primer lugar: el avance o retroceso del tumor depende de la tarea que el portador esté dispuesto a  realizar sobre su terreno orgánico. En segundo lugar: nunca es tarde para comenzar a rectificar los errores que llevaron al desarrollo del tumor. Utilizando dichos populares, podemos decir que… “siempre algo es mejor que nada” y “más vale tarde que nunca”.

Dado el rol preponderante del sistema inmunológico en la velocidad de desarrollo de la masa tumoral, se ha  convertido en paradigma culpar a las cuestiones emocionales y al estrés por su derrumbe funcional. Si bien se trata de una media verdad, es muy reductivo pensar que un problema emotivo sea la causa de la proliferación tumoral.

Para comprender mejor, podemos valernos de una analogía mecánica. Tomemos el caso de una caldera que explota por exceso de presión (causa); la media verdad sería culpar a los remaches por no haber soportado la exigencia
(consecuencia). Si se hubiese mantenido la presión en términos aceptables, los remaches estarían en su lugar, cumpliendo su cometido. En nuestro caso, un shock emocional no puede derrumbar un sistema inmunológico (consecuencia), si no estuviese previamente colapsado por la tremenda exigencia de un terreno adverso (causa). Incluso el estrés sólo puede hacer
mella en un organismo intoxicado y con carencias de nutrientes. Una persona razonablemente depurada y nutrida, difícilmente caiga en una crisis emocional, pues tendrá la capacidad de ver el vaso “medio lleno” en lugar del “medio vacío”.

Muchos pacientes que han sufrido extirpación quirúrgica y/o destrucción de células cancerosas mediante radioterapia o quimioterapia, piensan que ya está todo resuelto. Por cierto habrán aliviado al organismo de la carga que esto representaba, pero no habrán resuelto el problema de fondo: la corrección del terreno, capaz de poner a raya el desarrollo del tumor. Es más, las terapias -altamente agresivas- habrán contaminado aún más el terreno y por lo tanto habrán empeorado las condiciones generales del organismo.

Si se comprende que síntomas y enfermedades no son más que la punta de un gran iceberg (la intoxicación corporal), es necesario que el paciente se haga responsable de su curación, ejerciendo su derecho natural a la plena salud. La
mayoría de los enfermos no se responsabiliza de su estado, considerándolo un problema del terapeuta; mas aún en el caso de las enfermedades graves.Normalmente se actúa como si la enfermedad fuese un ente externo que ha poseído al enfermo, a quien se lo considera víctima inocente de la mala suerte.
El paciente baja los brazos y rápidamente se pone en manos de un especialista, olvidando que sólo él generó el problema y sólo él puede resolverlo, rectificando sus errores.  A lo sumo el terapeuta puede ayudar, recordando el camino de retorno al estado de equilibrio; pero es el afectado quién deberá recorrerlo personalmente.

LA PUNTA DEL OVILLO

En presencia de un organismo sobrecargado de toxinas, y más aún si dicho estado de sobrecarga es antiguo, la pregunta es: ¿por dónde empezar? Por cierto, cada organismo es distinto y reacciona en forma diferente, pero en todos los casos la necesidad imperiosa es una: limpiar  para mejorar el estado del terreno. Ante todo hay que tener en claro una estrategia de acción global, basada en tres aspectos: evacuar los desechos acumulados, evitar que penetren nuevos desechos y satisfacer las carencias orgánicas. Los dos últimos puntos se deben abordar desde lo nutricional, tema que abordamos en otro articulo. Ahora nos ocuparemos del proceso de desintoxicación.

Quién ha realizado alguna cura depurativa, habrá constatado la cantidad de toxinas que pueden acumularse en el cuerpo. Cuando el organismo ve sobrepasada su capacidad de eliminación, no tiene más remedio que almacenar la escoria tóxica remanente, esperando que en algún momento se produzca la pausa que permita ocuparse de los desechos. Esta pausa sería
el antiguo y olvidado hábito del ayuno, o bien una crisis depurativa en forma de gripe, pero como las pausas nunca llegan o se reprimen con fármacos, los remanentes tóxicos cada vez se incrustan más en las profundidades de los tejidos, encapsulados en cuerpos grasos para evitar que generen daño. Esta lógica corporal es la que usamos en casa cuando hay huelgas de recolectores de basura. Mientras esperamos que se restablezca el servicio, depositamos los residuos en bolsas gruesas, para evitar que contaminen la vivienda. Al iniciar un proceso de evacuación de desechos acumulados, es importante tener en claro la lógica funcional del organismo, a fin de actuar en el mismo sentido y no contravenir sus leyes fisiológicas. El objetivo es remover los desechos incrustados en los tejidos, para que se vuelquen a los fluidos (fundamentalmente sangre y linfa), que luego descargarán en los respectivos órganos de eliminación (emuntorios).

Esta comprensión del proceso, nos permite establecer un orden de prioridades en la tarea: en primer lugar abrir las puertas de salida (emuntorios) y luego remover  los desechos incrustados en los tejidos. Si hacemos al revés, o ambas cosas al mismo tiempo, la liberación de las viejas toxinas será una masa demasiado importante para emuntorios todavía insuficientemente operativos. En otras palabras: es preferible evacuar las toxinas superficiales presentes en los órganos de eliminación, antes de poner en circulación aquellas incrustadas en el interior de los tejidos.

De esta manera entendemos lo peligroso que significa una severa dieta adelgazante en una persona obesa que no haya tenido esta precaución. El estado de sobrepeso, es una clara señal de severa y  profunda intoxicación orgánica. Los depósitos grasos no son más que un intento del organismo por encapsular y aislar la masa tóxica que lo agobia. Si la persona no activa
previamente los órganos de eliminación,  la brusca combustión de adiposidad (algo indudablemente positivo) puede convertirse en causa de colapso, dada la marea de venenos que circularán por el organismo.

En este sentido es importante la puntualización que realiza el Dr. Julio César Díaz y que tiene que ver con la intoxicación generada por fármacos ingeridos en exceso: “Los medicamentos y los químicos en general, son solubles en grasa
y antes de ejercer una acción sobre el organismo, saturan dicho tejido adiposo. O sea que en los tejidos de una persona obesa, además de químicos tóxicos, es probable que también se encuentren almacenadas dosis importantes de sedantes, corticoides, analgésicos y otras drogas consumidas en exceso mucho tiempo atrás. Cuando la persona baja de peso rápidamente, estas sustancias se vuelcan al torrente sanguíneo y producen el efecto para el cual fueron concebidas, pero que ahora está fuera de contexto. Es un tema grave, demasiado frecuente en la práctica clínica y generador de muchas urgencias
médicas”.

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EN BUSCA DE LA SALUD PERDIDA

11376105-nino-enfermo-en-la-camaAunque muchas personas piensen lo contrario, lo cierto es que los fármacos, las hierbas medicinales, las terapias o los tratamientos terapéuticos, lejos de mejorar la condición física del paciente, empeoran su situación. Puesto que el ser humano sólo puede confiar en su propio organismo para iniciar un proceso de recuperación, tendremos que satisfacer todas sus necesidades esenciales.

A diario recibo numerosas peticiones de lectores que solicitan remedios terapéuticos. En contra de la creencia popular, debemos dejar bien claro que el término “curación” carece de sentido al tratarse de un mito perpetrado por las autoridades sanitarias. Cuando el organismo advierte la existencia de sustancias perniciosas en el interior de sus órganos, inicia un proceso de desintoxicación que la comunidad sanitaria confunde incomprensiblemente con la enfermedad. Cualquier interferencia en este proceso de emergencia interrumpe drásticamente la medida de limpieza y provoca una mayor acumulación de residuos tóxicos en el interior del organismo. Como resultado de esta transgresión fisiológica, el ser humano sufre una inestabilidad estructural que se traduce en un estado de disfuncionalidad orgánica.

Si sus hábitos de vida se encuentran en clara confrontación con sus disposiciones biológicas –alimentos fritos y cocinados, condimentos, aderezos, huevos, carne, pescado, productos lácteos y legumbres–, su organismo iniciará una serie de medidas de limpieza que pondrán fin a su estado de toxicidad orgánica. Esta situación empeorará si duerme pocas horas, no realiza ejercicios, sufre de estrés, se encuentra cansado o no recibe los beneficios de la luz natural. En resumidas cuentas, si no satisface las necesidades esenciales que enumerare más adelante, continuará sufriendo las consecuencias de la enfermedad.

Cada vez son más las personas que, fruto de los hábitos de vida insalubres, sufren alguna que otra condición patológica. El cansancio, el estrés, la falta de sueño, la inestabilidad emocional o las prácticas dietéticas perniciosas son algunos de los factores que provocan una fermentación o putrefacción (indigestión) en el tracto intestinal. Cuando la cantidad de sustancias tóxicas presentes en el interior del organismo supera su capacidad de tolerancia, el organismo humano utiliza unos canales extraordinarios de expulsión.

Basta comprobar la saburridad de la lengua tras permanecer veinticuatro horas sin consumir otro producto que no sea agua, para demostrar la existencia de sustancias tóxicas en el interior del organismo. Puesto que el cuerpo humano requiere toda su energía para iniciar un proceso masivo de desintoxicación, le recomiendo se someta a un régimen de ayuno para facilitar esta recuperación natural. (siempre bajo la guia y supervision de un profesional)

Como ya he indicado con anterioridad, la enfermedad surge como resultado de un estado de toxicidad que recibe el nombre de toxemia o toxicosis. Cuando el cuerpo humano inicia una crisis de desintoxicación –resfriados, gripes, dolores de cabeza, tos, conjuntivitis, acné, herpes o dolores de garganta–, debemos cooperar con el organismo y no interferir en su proceso de curación. Lejos de mitigar sus esfuerzos vitales con la administración de fármacos, hierbas o tratamientos terapéuticos, tenemos que guardar cama y descansar. Puesto que el proceso digestivo requiere un gasto importante de energía, es recomendable inicie un programa de ayuno que facilite la acción del organismo. Los alimentos, el esfuerzo físico y la ingestión de fármacos o hierbas medicinales no harán más que empeorar la situación. Curiosamente, el índice de mortalidad desciende hasta en un sesenta por ciento cuando los médicos inician una huelga general, reduciéndose con ello la administración de sustancias perniciosas.

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LOS ADITIVOS “ADICTIVOS”

aditivosNo es casualidad que en muchos alimentos (incluso derivados cárnicos y saborizantes) figuren entre sus ingredientes, proteínas de leche y trigo; estos aditivos garantizan “fidelidad al consumo”, tal como promocionan los fabricantes de dichos “adictivos”, basados justamente en proteínas de trigo y lácteos. Además de generar apatía, adormecimiento y lentitud, los alimentos que contienen opiáceos son difíciles de abandonar. Personas que dejan de consumir lácteos y trigo, sufren al inicio los mismos síntomas del síndrome de abstinencia que protagoniza un adicto a las drogas: temblor en las manos, irritabilidad, sensación de vacío…

Las mujeres son más vulnerables a estas adicciones, en parte porque son más sensibles al dolor, en parte porque sufren más en situaciones de estrés debido a efectos hormonales. Por esta razón manejan habitualmente dosis más altas de analgésicos opioides y tienen mayores dificultades para resolver dicha dependencia. Para compensar el efecto de enlentecimiento mental que generan los opiáceos alimentarios, las personas se vuelcan al consumo de estimulantes (cafeína, mateína, teína, azúcar, taurina y otras yerbas), acompañantes infaltables en el consumo de los opiáceos alimentarios. Lejos de resolver el problema, este acoplamiento determina hábitos poco saludables, que sin embargo son socialmente bien aceptados.

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LA CAFEÍNA CÁRNICA

CarnesNaturalmente la carne animal provoca efecto adictivo y daños neuropsíquicos. Como bien explica Desiré Merien “compuestos de la carne animal excitan terminales nerviosos (lengua y estómago), provocando euforia (a nivel cervical), estimulación (próxima a la embriaguez) y aceleración de la corriente sanguínea. Como toda estimulación excitante, consume mucha energía y va seguida por una fase depresiva (necesaria para la recuperación energética), operando como una droga disipadora de energía”.

En este sentido vale aclarar algo poco conocido o valorado, que fundamenta lo antedicho. El ácido úrico, principal producto de desecho del metabolismo cárnico, es para nuestra fisiología corporal, molecularmente equivalente a la cafeína. Ambas sustancias pertenecen a la familia de las xantinas, cuyos efectos farmacológicos, semejantes en distintos sistemas orgánicos, son: acción estimulante del sistema nervioso central, acción relajante de la musculatura lisa, producen vasoconstricción de la circulación cerebral, estimulan la contractibilidad cardiaca, acción diurética, estimulación de la respuesta contráctil del músculo esquelético y síndrome de abstinencia.

En la tabla se hace evidente el efecto adictivo y estimulante de la proteína cárnica, teniendo en cuenta que estamos hablando de valores por encima de 200mg de ácido úrico (xantina) en una porción de 100 gramos, fácil de superar en una comida. En relación, una taza de café expreso de bar, cuyo efecto estimulante es bien conocido, contiene apenas 40mg de cafeína. Otros investigadores comprobaron que la ingesta regular de carne animal genera la presencia de compuestos en el cerebro (putrescina) que actúan como inhibidores de enzimas (glutamato decarboxilasa), lo cual influye sobre el comportamiento y explica conductas neuróticas, agresivas y hasta manifestaciones epilépticas. Por si no fuese suficiente, a todo ello se suman las nefastas reacciones que se generan durante la cocción de la proteína, dando lugar a moléculas complejas y artificiales (las ya vistas beta carbolinas, productos finales de glicación avanzada, moléculas de Maillard…) que nuestras enzimas no pueden degradar. Estos compuestos generan efectos ensuciantes, mutagénicos, neurotóxicos, cancerígenos y… adictivos; lo cual explica el elevado consumo y su regular demanda.

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LAS DULCES DROGAS

dieta modernaUn reciente informe de New Scientist, del cual reproduzco algunos tramos, expone evidencia contundente de que los alimento con alto contenido de azúcar, grasa y sal (como la mayor parte de la comida chatarra) pueden provocar en nuestro cerebro las mismas alteraciones químicas que producen drogas altamente adictivas como la cocaína y la heroína. Hasta hace apenas cinco años, esta era una idea considerada extremista. Pero ahora, estudios realizados en humanos confirman los hallazgos hechos en animales, y confirman los mecanismos biológicos que conducen a la “adicción a la comida chatarra”, convirtiéndose rápidamente en opinión oficial de los investigadores. “Debemos educar a la población sobre el modo en que las grasas, el azúcar y la sal toman al cerebro de rehén”, dice David Kessler, ex comisionado de la Administración de Alimentos y Drogas, de los Estados Unidos, y actual director del Centro para las Ciencias de Público Interés. En 2001 los neurocientíficos Nicole Avena, de la Universidad de Florida, y Bartley Hoebel, de la Universidad de Princeton, comenzaron a explorar el tema. Dado que el azúcar es un ingrediente clave en la mayoría de la comida rápida, alimentaron ratas con jarabe de azúcar en una concentración similar a las bebidas gaseosas, durante unas 12 horas diarias, junto con alimentos normales para ratas y agua. Al mes de consumir esta dieta, las ratas desarrollaron cambios cerebrales y de comportamiento químicamente idénticos a los ocurridos en ratas adictas a la morfina: se daban atracones de jarabe de azúcar y cuando se lo quitaban, se mostraban ansiosas e inquietas; claros signos de abstinencia. También se verificaban cambios en los neurotransmisores de la región del cerebro asociada con la sensación de recompensa.

Pero el hallazgo crucial se produjo cuando advirtieron que el cerebro de las ratas liberaba dopamina cada vez que comían la solución de azúcar. La dopamina es el neurotransmisor que se encuentra detrás de la búsqueda del placer, ya sea en la comida, las drogas o el sexo. Es también una sustancia química esencial para el aprendizaje, la memoria, la toma de decisiones y la formación del circuito de satisfacción y recompensa. Para los investigadores, lo esperable era que la descarga de dopamina se produjera cuando las ratas comían algo nuevo, pero no cuando consumían algo a lo que ya estaban acostumbradas, tal como pudieron comprobar. “Esa es una de las marcas distintivas de la adicción a las drogas”, aseguran.

Esa fue la primera evidencia firme de que la adicción al azúcar tenía un sustento biológico, y desencadenó una catarata de estudios sobre animales que confirmaron el hallazgo. Pero fueron los recientes estudios en humanos los que finalmente volcaron la balanza de la evidencia a favor de etiquetar la afición por la comida chatarra como una adicción. Suele describirse la adicción como un trastorno del “circuito de recompensa” desencadenado por el abuso de alguna droga. Es exactamente lo mismo que sucede en el cerebro de las personas obesas, dice Gene-Jack Wang, del Laboratorio Nacional Brookhaven, del Departamento de Energía de Estados Unidos. En 2001, Wang descubrió una deficiencia de dopamina en los estriados cerebrales de los obesos que era casi idéntica a la observada en drogadictos. En otros estudios, Wang demostró que incluso los individuos que no son obesos, frente a sus comidas favoritas, experimentan un aumento de la dopamina en la corteza orbito frontal, una región cerebral involucrada en la toma de decisiones. Es la misma zona del cerebro que se activa en los cocainómanos cuando se les muestra una bolsita de polvo blanco. Fue un descubrimiento impactante que demostró que no hace falta ser obeso para que el cerebro manifieste conductas adictivas.

Otro significativo avance para determinar el carácter adictivo de la comida chatarra se debe a Eric Stice, neurocientífico del Instituto de Investigaciones de Oregon. Stice descubrió ante la ingesta de helado, que los adolescentes delgados con padres obesos experimentan una mayor descarga de dopamina que los hijos de padres delgados. Ese placer innato por la comida impulsa a ciertas personas a comer de más.

Irónicamente, justamente porque comen de más, su circuito de recompensa comienza a acostumbrarse y a responder cada vez menos, provocando que la comida cada vez los satisfaga menos e impulsándolos a comer cada vez más para compensar. En el fondo, lo que están buscando es repetir el clímax logrado en sus experiencias gastronómicas anteriores: precisamente lo mismo que se observa en alcohólicos y drogadictos crónicos. El neurocientífico Paul Kenny, del Instituto de Investigaciones Scripps, investigó el impacto de una dieta de comida chatarra en el comportamiento y la química cerebral de las ratas. En un estudio demostró que desencadena los mismos cambios en el cerebro que los causados por la adicción a las drogas en los humanos. Tanto en animales como en humanos, el consumo sostenido de cocaína o heroína atrofia el sistema de recompensa cerebral, lo que conduce aun incremento de la dosis, ya que el recuerdo de un efecto más placentero incita a consumir más para sentir lo mismo, o incluso superarlo.

Kenny demostró que las ratas que habían tenido acceso ilimitado a la comida chatarra y luego una brusca carencia, entraron lisa y llanamente en huelga de hambre, como si hubieran desarrollado aversión por la comida sana. El acceso ilimitado a una droga altamente adictiva como la cocaína tiene un impacto enorme en el cerebro, afirma Kenny: “los cambios llegaron de inmediato y observamos efectos muy pero muy impactantes. Las ratas obesas con acceso ilimitado a la comida chatarra tenían el sistema de recompensa atrofiado y eran comedoras compulsivas. Preferían soportar las descargas eléctricas instaladas para disuadirlas de acercarse a la comida chatarra, incluso cuando la comida común estaba disponible sin castigo. Es exactamente el mismo proceder de las ratas adictas a la cocaína”.

En otros estudios sobre ratones que tenían acceso a cocaína, cuando se les dio a elegir entre la droga y el azúcar, se comprobó que rápidamente optaban por el compuesto azucarado. Como señalaron los investigadores: “Estos descubrimientos muestran que una fuerte sensación de dulzura sobrepasa la estimulación máxima de la cocaína, incluso en usuarios adictos y sensibles a las drogas”.

MALAS COSTUMBRES IV

EL CANNABIS INTERNO

¿Alguna vez se preguntó por qué es imposible comer sólo una papa frita? Se ha comprobado que estos alimentos ricos en grasas son los que más contribuyen al aumento de peso y la obesidad, pero también son los más difíciles de resistir. Científicos de la Universidad de California, en Irving, descubrieron que al ingerir estos “irresistibles” alimentos, nuestro intestino produce endocanabinoides (sustancias similares a los compuestos que contiene la marihuana), lo cual genera nuestra conducta glotona.

Los endocanabinoides son un grupo de moléculas grasas que están involucradas en varios procesos fisiológicos, incluido el apetito, la sensación de dolor, la memoria y el estado de ánimo. Son sustancias similares al cannabis, pero producidas de forma natural por el propio organismo, que provocan ansias por seguir consumiendo alimentos grasos, al liberar compuestos digestivos vinculados al hambre y la saciedad.

El profesor Daniele Piomelli, profesor de farmacología y director del estudio, señala que es una respuesta evolutiva, ya que las grasas son cruciales para la función celular y eran escasas en la naturaleza: “Sin embargo, en la sociedad contemporánea, las grasas están ampliamente disponibles y la necesidad innata de comer alimentos grasos ha conducido a la obesidad, la diabetes y el cáncer. Es decir que el mecanismo natural que alguna vez ayudó a los mamíferos a sobrevivir, ahora está provocando el efecto inverso”.

MALAS COSTUMBRES III

LA DROGA DE LA COCINA

603416_386941278020151_1804575560_nSi bien el tema es extenso y lo tratamos detalladamente en otros ámbitos, aquí podemos resumir diciendo que la reacción de proteínas y carbohidratos en presencia del calor, genera aminas heterocíclicas. Estos compuestos son directa o indirectamente adictivos, dado que en el cuerpo actúan como neurotransmisores, influenciando sus receptores. Es el caso de los receptores de las benzodiacepinas. Las aminas heterocíclicas también pueden ocupar los receptores de la serotonina o la dopamina.

Se trata de las mismas sustancias presentes en el humo del cigarrillo, con el agravante que mediante los alimentos se ingieren cantidades mucho más elevadas. No piense que todo esto es misterioso o desconocido. A partir de los años 70, no es nada casual que muchos alimentos (derivados cárnicos, saborizantes, golosinas) comenzaran a tener como ingredientes, proteínas de leche y trigo. Básicamente los promotores del sabor (saborizantes) son proteínas deshidratadas mezcladas con azúcares y concentradas por alta temperatura, conteniendo mutagénicas betacarbolinas, que no “potencian el gusto” pero influencian nuestros receptores de neurotransmisores. Tal como promocionan las industrias fabricantes de estos “aditivos adictivos”, el agregado de proteínas lácteas y de trigo, garantiza “fidelidad al consumo”. Además de los saborizantes, otro elemento que genera opiáceos adictivos es la cocción de alimentos aparentemente inofensivos, sobre todo cuando superamos holgadamente los 100ºC (algo común en horneados, frituras y grillados). Como se demostró hace años, 100 g de carne cocida contienen la misma cantidad de carbolinas adictivas y mutagénicas, que el humo de 1.050 cigarrillos. Entre otros efectos demostrados de las aminas heterocíclicas a nivel neurológico, hallamos, por un lado la disminución de interacción social, conducta investigadora, actividad inmunológica, sueño, fertilidad y deseo sexual; por otra parte, el incremento de ansiedad, somnolencia, amnesia, presión sanguínea, frecuencia cardíaca, deseo de alcohol, apetito, comportamiento agresivo y conductas imprudentes.