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LA PALABRA QUE NADIE QUIERE MENCIONAR: CÁNCER

Vamos a detenernos sobre una de las enfermedades graves que más temor genera por su virulencia y sus consecuencias: el cáncer.

 

Si bien el tema excede el marco de esta publicación, nos referiremos al mecanismo de la génesis tumoral, a fin de mostrar la importancia de la depuración corporal en su desarrollo. Para ello utilizaremos algunos conceptos del Dr. Christopher Vasey, quien en su libro “Comprender las enfermedades graves” realiza una didáctica explicación del fenómeno.

Mucho se habla de la grave exposición a las sustancias cancerígenas, como factor  desencadenante de los tumores. Sin embargo, no basta con eliminar todas las sustancias cancerígenas conocidas para estar a salvo del cáncer.  Una célula normal puede convertirse en cancerosa cuando el medio se degrada  por sobrecargas y carencias. En este contexto, el destino de la célula cancerosa  depende totalmente del terreno, pues una célula cancerosa no se convierte  automáticamente en un tumor maligno.

Todo ser vivo, ya sea un microbio o una célula (cancerosa o no), sólo puede vivir en un organismo que lo acepta y le ofrece condiciones para su desarrollo. Cuando esto ocurre, los microbios se multiplican y se genera una infección; si se trata de una célula cancerosa, su multiplicación genera un tumor. Pero cuando  el terreno no ofrece las condiciones necesarias, el microbio resulta inofensivo  y es destruido, mientras que la célula cancerosa también es destruida  por el medio hostil.

Conociendo el mecanismo reproductivo de las células, es interesante analizar cuánto  se necesita para que una célula cancerosa se convierta en un tumor amenazante.  Se sabe que la diferencia entre una célula cancerosa y una normal, está dada porque aquella se divide cada vez en dos células fértiles, mientras ésta se divide en una fértil y una estéril. Esa es la razón por la cual un tejido sano es estable y un tejido canceroso crece en forma rápida. Con el auxilio de las matemáticas, veremos cuán “lenta” es dicha velocidad inicial y cuánto puede hacerse entre tanto.

Tengamos siempre presente que la teórica multiplicación geométrica de las Células cancerosas requiere de una condición esencial: que el sistema inmunológico de dicho organismo no cumpla su función, es decir que no actúe como debe, sea por toxemia corporal o por carencias nutricionales. Una célula cancerosa se divide cuatro veces al año aproximadamente. Esto quiere decir que al cabo de un año, la célula original se habrá convertido en dieciséis células, cifra insignificante en un organismo compuesto por billones de células. Recién al tercer año, el tumor habrá alcanzado el número de mil células. Aún continúa sin representar peligro alguno, pues resulta inestable y mal asentado en los tejidos, pudiendo ser destruido y eliminado con facilidad. Si las condiciones del medio le son desfavorables, puede desaparecer espontáneamente. Es más, se sabe que tales tumores existen corrientemente en el organismo, pero no tienen efectos molestos si el sistema inmunológico
funciona y el terreno está sano.

Para llegar al estadio del millón de células hace falta llegar al quinto año de desarrollo, siempre en la hipótesis de crecimiento libre, como consecuencia de la inacción del sistema inmunológico. Aún así estamos en presencia de un tumor que solo mide un milímetro, pesa un miligramo y resulta demasiado pequeño para ser detectado con las técnicas actuales.

Deberemos esperar hasta el octavo año para que alcance el estado de los mil millones de células; entonces mide aproximadamente un centímetro y pesa un gramo. Ha logrado crecer e instalarse sólidamente en los tejidos y recién ahora
puede ser detectado. Aquí inicia la fase realmente peligrosa para el organismo, pues comienza su propagación: las células se desprenden del tumor madre (metástasis) y a través de los fluidos corporales van a colonizar otras partes del cuerpo.

Hacia el décimo año el tumor alcanzará la masa crítica del billón de células, pesará un kilogramo y medirá diez centímetros. Seguramente provocará la muerte del portador, pues el organismo no puede resistir semejante masa tumoral. Pero debemos reflexionar que  para llegar a tal estado de gravedad, han debido transcurrir ocho años de evolución imperturbada; ocho años en los cuales el sistema inmunológico no cumplió su cometido; ocho años en los cuales la toxemia corporal brindó las condiciones adecuadas para que se reprodujera sin problemas!!!

Si bien la descripción del ejemplo es teórica, pues la velocidad de desarrollo de un tumor es totalmente dependiente de las condiciones del medio en que se encuentra, sirve para demostrar cuánto dejamos de hacer… y cuánto podemos hacer por nuestra salud!!! Cualquier mejora que introduzcamos en la calidad de los fluidos orgánicos, representa  una reducción de las posibilidades de desarrollo del tumor. Cuanto más toxinas se expulsan y más se satisfacen las carencias, más vitalidad recuperan las células normales y más adversas se vuelven las condiciones para las células cancerosas. Todo esto nos indica dos cosas. En primer lugar: el avance o retroceso del tumor depende de la tarea que el portador esté dispuesto a  realizar sobre su terreno orgánico. En segundo lugar: nunca es tarde para comenzar a rectificar los errores que llevaron al desarrollo del tumor. Utilizando dichos populares, podemos decir que… “siempre algo es mejor que nada” y “más vale tarde que nunca”.

Dado el rol preponderante del sistema inmunológico en la velocidad de desarrollo de la masa tumoral, se ha  convertido en paradigma culpar a las cuestiones emocionales y al estrés por su derrumbe funcional. Si bien se trata de una media verdad, es muy reductivo pensar que un problema emotivo sea la causa de la proliferación tumoral.

Para comprender mejor, podemos valernos de una analogía mecánica. Tomemos el caso de una caldera que explota por exceso de presión (causa); la media verdad sería culpar a los remaches por no haber soportado la exigencia
(consecuencia). Si se hubiese mantenido la presión en términos aceptables, los remaches estarían en su lugar, cumpliendo su cometido. En nuestro caso, un shock emocional no puede derrumbar un sistema inmunológico (consecuencia), si no estuviese previamente colapsado por la tremenda exigencia de un terreno adverso (causa). Incluso el estrés sólo puede hacer
mella en un organismo intoxicado y con carencias de nutrientes. Una persona razonablemente depurada y nutrida, difícilmente caiga en una crisis emocional, pues tendrá la capacidad de ver el vaso “medio lleno” en lugar del “medio vacío”.

Muchos pacientes que han sufrido extirpación quirúrgica y/o destrucción de células cancerosas mediante radioterapia o quimioterapia, piensan que ya está todo resuelto. Por cierto habrán aliviado al organismo de la carga que esto representaba, pero no habrán resuelto el problema de fondo: la corrección del terreno, capaz de poner a raya el desarrollo del tumor. Es más, las terapias -altamente agresivas- habrán contaminado aún más el terreno y por lo tanto habrán empeorado las condiciones generales del organismo.

Si se comprende que síntomas y enfermedades no son más que la punta de un gran iceberg (la intoxicación corporal), es necesario que el paciente se haga responsable de su curación, ejerciendo su derecho natural a la plena salud. La
mayoría de los enfermos no se responsabiliza de su estado, considerándolo un problema del terapeuta; mas aún en el caso de las enfermedades graves.Normalmente se actúa como si la enfermedad fuese un ente externo que ha poseído al enfermo, a quien se lo considera víctima inocente de la mala suerte.
El paciente baja los brazos y rápidamente se pone en manos de un especialista, olvidando que sólo él generó el problema y sólo él puede resolverlo, rectificando sus errores.  A lo sumo el terapeuta puede ayudar, recordando el camino de retorno al estado de equilibrio; pero es el afectado quién deberá recorrerlo personalmente.

LA PUNTA DEL OVILLO

En presencia de un organismo sobrecargado de toxinas, y más aún si dicho estado de sobrecarga es antiguo, la pregunta es: ¿por dónde empezar? Por cierto, cada organismo es distinto y reacciona en forma diferente, pero en todos los casos la necesidad imperiosa es una: limpiar  para mejorar el estado del terreno. Ante todo hay que tener en claro una estrategia de acción global, basada en tres aspectos: evacuar los desechos acumulados, evitar que penetren nuevos desechos y satisfacer las carencias orgánicas. Los dos últimos puntos se deben abordar desde lo nutricional, tema que abordamos en otro articulo. Ahora nos ocuparemos del proceso de desintoxicación.

Quién ha realizado alguna cura depurativa, habrá constatado la cantidad de toxinas que pueden acumularse en el cuerpo. Cuando el organismo ve sobrepasada su capacidad de eliminación, no tiene más remedio que almacenar la escoria tóxica remanente, esperando que en algún momento se produzca la pausa que permita ocuparse de los desechos. Esta pausa sería
el antiguo y olvidado hábito del ayuno, o bien una crisis depurativa en forma de gripe, pero como las pausas nunca llegan o se reprimen con fármacos, los remanentes tóxicos cada vez se incrustan más en las profundidades de los tejidos, encapsulados en cuerpos grasos para evitar que generen daño. Esta lógica corporal es la que usamos en casa cuando hay huelgas de recolectores de basura. Mientras esperamos que se restablezca el servicio, depositamos los residuos en bolsas gruesas, para evitar que contaminen la vivienda. Al iniciar un proceso de evacuación de desechos acumulados, es importante tener en claro la lógica funcional del organismo, a fin de actuar en el mismo sentido y no contravenir sus leyes fisiológicas. El objetivo es remover los desechos incrustados en los tejidos, para que se vuelquen a los fluidos (fundamentalmente sangre y linfa), que luego descargarán en los respectivos órganos de eliminación (emuntorios).

Esta comprensión del proceso, nos permite establecer un orden de prioridades en la tarea: en primer lugar abrir las puertas de salida (emuntorios) y luego remover  los desechos incrustados en los tejidos. Si hacemos al revés, o ambas cosas al mismo tiempo, la liberación de las viejas toxinas será una masa demasiado importante para emuntorios todavía insuficientemente operativos. En otras palabras: es preferible evacuar las toxinas superficiales presentes en los órganos de eliminación, antes de poner en circulación aquellas incrustadas en el interior de los tejidos.

De esta manera entendemos lo peligroso que significa una severa dieta adelgazante en una persona obesa que no haya tenido esta precaución. El estado de sobrepeso, es una clara señal de severa y  profunda intoxicación orgánica. Los depósitos grasos no son más que un intento del organismo por encapsular y aislar la masa tóxica que lo agobia. Si la persona no activa
previamente los órganos de eliminación,  la brusca combustión de adiposidad (algo indudablemente positivo) puede convertirse en causa de colapso, dada la marea de venenos que circularán por el organismo.

En este sentido es importante la puntualización que realiza el Dr. Julio César Díaz y que tiene que ver con la intoxicación generada por fármacos ingeridos en exceso: “Los medicamentos y los químicos en general, son solubles en grasa
y antes de ejercer una acción sobre el organismo, saturan dicho tejido adiposo. O sea que en los tejidos de una persona obesa, además de químicos tóxicos, es probable que también se encuentren almacenadas dosis importantes de sedantes, corticoides, analgésicos y otras drogas consumidas en exceso mucho tiempo atrás. Cuando la persona baja de peso rápidamente, estas sustancias se vuelcan al torrente sanguíneo y producen el efecto para el cual fueron concebidas, pero que ahora está fuera de contexto. Es un tema grave, demasiado frecuente en la práctica clínica y generador de muchas urgencias
médicas”.

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EN BUSCA DE LA SALUD PERDIDA

11376105-nino-enfermo-en-la-camaAunque muchas personas piensen lo contrario, lo cierto es que los fármacos, las hierbas medicinales, las terapias o los tratamientos terapéuticos, lejos de mejorar la condición física del paciente, empeoran su situación. Puesto que el ser humano sólo puede confiar en su propio organismo para iniciar un proceso de recuperación, tendremos que satisfacer todas sus necesidades esenciales.

A diario recibo numerosas peticiones de lectores que solicitan remedios terapéuticos. En contra de la creencia popular, debemos dejar bien claro que el término “curación” carece de sentido al tratarse de un mito perpetrado por las autoridades sanitarias. Cuando el organismo advierte la existencia de sustancias perniciosas en el interior de sus órganos, inicia un proceso de desintoxicación que la comunidad sanitaria confunde incomprensiblemente con la enfermedad. Cualquier interferencia en este proceso de emergencia interrumpe drásticamente la medida de limpieza y provoca una mayor acumulación de residuos tóxicos en el interior del organismo. Como resultado de esta transgresión fisiológica, el ser humano sufre una inestabilidad estructural que se traduce en un estado de disfuncionalidad orgánica.

Si sus hábitos de vida se encuentran en clara confrontación con sus disposiciones biológicas –alimentos fritos y cocinados, condimentos, aderezos, huevos, carne, pescado, productos lácteos y legumbres–, su organismo iniciará una serie de medidas de limpieza que pondrán fin a su estado de toxicidad orgánica. Esta situación empeorará si duerme pocas horas, no realiza ejercicios, sufre de estrés, se encuentra cansado o no recibe los beneficios de la luz natural. En resumidas cuentas, si no satisface las necesidades esenciales que enumerare más adelante, continuará sufriendo las consecuencias de la enfermedad.

Cada vez son más las personas que, fruto de los hábitos de vida insalubres, sufren alguna que otra condición patológica. El cansancio, el estrés, la falta de sueño, la inestabilidad emocional o las prácticas dietéticas perniciosas son algunos de los factores que provocan una fermentación o putrefacción (indigestión) en el tracto intestinal. Cuando la cantidad de sustancias tóxicas presentes en el interior del organismo supera su capacidad de tolerancia, el organismo humano utiliza unos canales extraordinarios de expulsión.

Basta comprobar la saburridad de la lengua tras permanecer veinticuatro horas sin consumir otro producto que no sea agua, para demostrar la existencia de sustancias tóxicas en el interior del organismo. Puesto que el cuerpo humano requiere toda su energía para iniciar un proceso masivo de desintoxicación, le recomiendo se someta a un régimen de ayuno para facilitar esta recuperación natural. (siempre bajo la guia y supervision de un profesional)

Como ya he indicado con anterioridad, la enfermedad surge como resultado de un estado de toxicidad que recibe el nombre de toxemia o toxicosis. Cuando el cuerpo humano inicia una crisis de desintoxicación –resfriados, gripes, dolores de cabeza, tos, conjuntivitis, acné, herpes o dolores de garganta–, debemos cooperar con el organismo y no interferir en su proceso de curación. Lejos de mitigar sus esfuerzos vitales con la administración de fármacos, hierbas o tratamientos terapéuticos, tenemos que guardar cama y descansar. Puesto que el proceso digestivo requiere un gasto importante de energía, es recomendable inicie un programa de ayuno que facilite la acción del organismo. Los alimentos, el esfuerzo físico y la ingestión de fármacos o hierbas medicinales no harán más que empeorar la situación. Curiosamente, el índice de mortalidad desciende hasta en un sesenta por ciento cuando los médicos inician una huelga general, reduciéndose con ello la administración de sustancias perniciosas.

MALAS COSTUMBRES XI

COMO SUPERAR ESTO

azucar+refinadoUn estudio publicado en The Journal Obesity mostró que cuando se lleva una alimentación alta en azúcares y cereales, el azúcar se metaboliza en grasa (es almacenada como grasa en las células grasas), que a su vez se libera en forma de leptina (hormona que se encarga de los receptores de sabor en su lengua, aumentando o reduciendo el deseo por alimentos dulces). Con el tiempo, si uno se expone mucho a la leptina, se volverá resistente a ella (del mismo modo como puede volverse resistente a la insulina) y el cuerpo ya no “escuchará” los mensajes que le dicen que pare de comer, seguirá sintiendo hambre y almacenará más grasa.

Entonces, “limpiar” el paladar de cereales y azúcares para eliminar la respuesta aprendida sobre estos alimentos, resulta clave para acabar con la adicción. Y para ello nos puede ayudar una Nutrición Vitalizante, ya que el alimento vivo tiene esa capacidad. En la conducta adictiva también juega un papel importante la percepción de la realidad. Cuando leemos la realidad en forma distorsionada (a causa del colapso hepático que condiciona nuestra respuesta emocional) y vemos al vaso “medio vacío” en lugar de “medio lleno”, es obvio que tendemos consciente o inconscientemente a llenar ese vacío (irreal). Si uno percibe su vida como algo “chato” o “gris”, es natural como mecanismo de supervivencia, buscar algo que le dé “brillo y color”. Algunos lo logran mediante la tarjeta de crédito, el sexo, el alcohol, el poder o las drogas. Otros lo resuelven a través de la comida. Socialmente bien visto, legal y profusamente estimulado, el alimento se convierte en aquello que “le da sentido y valor a la vida”. En contrapartida, los testimonios de las personas que llevan a término su limpieza hepática profunda, coinciden en señalar “como no me había dado cuenta que el vaso siempre estuvo medio lleno y yo estuve siempre completo, sin necesidad de rellenos externos” ó “ahora es fácil tomar las riendas de mi vida, sin depender de nada”. Son todas evidencias sobre la necesidad de ver en forma integrada el trabajo de reordenamiento corporal, como condición necesaria para resolver nuestros problemas crónicos, a partir de una correcta percepción de la realidad.

Datos obtenidos de:

Guía para una nutrición evolutiva – 1995 Salbe Ediciones Pandiani, M. y Watts, D. – Guia para la correcta utilización de vitaminas y minerales en nutrición – 1991 Tecniche Nuove Roediger Streubel, Stefanie – Minerales y oligoelementos para su salud – 1996 Robin Book Universidad Liebig – Gran guía de la composición de los alimentos – 1991 Oasis Ursell, Amanda – Alimentos saludables – 2001 Editorial El Ateneo Valerio, Nico – Alimentación natural -1992 Arnoldo Mondadori Editores Varios – Sistema de análisis y tratamiento nutricional – 2002 Cadre Editores

Rodriguez-Amaya D. Changes in carotenoids during processing and storage of foods. Archivos Latinoamericanos de Nutrición 1999; 49(1-S): 38-47.

Butz P, Fernández García A, Lindauer R, Dieterich S, Bognár A, Tauscher B. Influence of ultra high pressure processing on fruit and vegetable products. Journal of Food Engineering 2003; 56: 233-236.

Fennema OR. Química de los alimentos. Zaragoza: Acribia, S.A.; 1993.

Rodriguez-Amaya DB. Carotenoids and food preparation: the retention of provitamin A carotenoids in prepared, processed and stored foods. Washington, D.C.: OMNI/USAID; 1997.

Beatus Y, Raziel A, Rosenberg M, Kopelman IJ. Spray-drying microencapsulation of paprika oleoresin. Lebensmittel-Wissenschaft und Technnologie-Food Science and Technology 1985; 18: 28-34.

Dziezak JD. Microencapsulation and encapsulated ingredients. Journal of Food Technology 1988; 42: 136-151.

Desobry SA, Netto FM, Labuza TP. Comparison of spray-drying, drum-drying and freeze-drying for b-carotene encapsulation and preservation. Journal of Food Science 1997; 6: 1158-1162.

Selim K, Tsimidou M, Biliaderis CG. Kinetic studies of degradation of saffron carotenoids encapsulated in amorphous polymer matrices. Food Chemistry 2000; 71: 199-206.

Polyakov NE, Leshina TV, Konovalova TA, Kispert LD. Carotenoids as scavengers of free radicals in a fenton reaction: antioxidants or pro-oxidants? Free Radical Biology & Medicine 2001; 31(3): 398-404.

MALAS COSTUMBRES X

ENDORFINAS Y ALIMENTOS

AZUCARcopiaPero trigo, lácteos, papas y aditivos no son los únicos actores de la escenografía adictiva. No olvidemos a nuestras endorfinas, es decir, la “morfina endógena”. Y dichos péptidos se generan a partir de ciertos neurotransmisores que establecen determinados circuitos. Uno muy estudiado e influenciado por el alimento cotidiano es el circuito de la dopamina. Sus mecanismos se suelen describir como “la ruta de la dopamina”, circuitos cerebrales que comparten la cocaína y la heroína. La dopamina produce satisfacción y placer, siendo activada por sustancias como el alcohol, la nicotina, la cocaína, las anfetaminas… y los hidratos de carbono. También el gluten del trigo es un activador de la dopamina. En general todos los carbohidratos refinados (sacarosa, jarabe de maíz de alta fructosa, harina blanca, féculas) lo son; y este efecto de euforia fugaz está en el origen de las adicciones alimentarias. Rápidamente se genera un efecto de tolerancia, por el cual cada vez se necesitan dosis más altas para producir el mismo efecto. Este mecanismo hace sentir sus efectos también sobre la glucosa, la insulina y la serotonina, y se potencia cuando el carbohidrato refinado está acompañado por grasas. También la carne potencia estos efectos, estimulando la producción de insulina (aún más que las pastas) y aportando grasas. Esto nos permite comprender las razones adictivas que subyacen detrás de las combinaciones alimentarias más irresistibles y difíciles de abandonar, basadas en el quinteto lácteos/trigo/azúcares/carnes/grasas: o sea chocolate, pizzas, facturas, pastas, hamburguesas, papas fritas, gaseosas (con sus omnipresentes dosis copiosas de azúcares y cafeína)… ¿Comprende porque “morimos de ganas” por estas cosas y no por una manzana o una planta de apio?

Como vimos antes, otro elemento que genera opiáceos adictivos es la cocción, sobre todo cuando supera los 100ºC, algo común en horneados, frituras y grillados. Como bien saben los fabricantes de aditivos saborizantes, al calentarse proteínas (sobre todo de leche y trigo) y azúcares, se generan las llamadas aminas heterocíclicas, sustancias exactamente iguales a las que aporta el cigarrillo y de similares efectos adictivos, con el agravante que consumimos más volumen de comida que de cigarrillos.

MALAS COSTUMBRES IX

LA NICOTINA ALIMENTARIA

aji_clip_image001_0000Pero el aditivo “adictivo” por excelencia es el glutamato monosódico (GMS). Originado en Oriente (ajinomoto), su peligrosidad tomó estado público al ser acusado de generar el “síndrome del restaurante chino”. Utilizado como potenciador del sabor, está legalmente habilitado para el uso y suele aparecer como E-621 u otras denominaciones que esconden su presencia.

El GMS es una sal sódica obtenida a partir del aminoácido glutamina. Dicho aminoácido libre (no esencial) es abundante en el organismo (músculos, cerebro), en alimentos proteicos (lácteos, carne, pescado, ciertos hongos) y también en algunos vegetales (perejil, espinaca, tomate). La glutamina, como aminoácido útil, puede atravesar la barrera hematoencefálica y una vez en el cerebro, es convertida en ácido glutámico, esencial para la función cerebral y la actividad mental (se lo conoce como “combustible del cerebro”). También participa en el mantenimiento del tejido muscular, en el adecuado balance ácido-alcalino corporal, en la síntesis de la replicación genética y en la salud del tracto intestinal, al mantener la adecuada permeabilidad de la mucosa. O sea, nada de malo. Pero… El ácido glutámico se aisló por primera vez en 1866, y en 1908 Kikunae Ikeda descubrió que era el componente responsable del efecto saborizante del caldo de alga kombu (laminaria japónica), usado tradicionalmente en la cocina japonesa. Ikeda desarrolló un método para obtener cristales refinados de sabor neutro, de uso más práctico como resaltador de sabor en alimentos. Fermentando melazas en ambiente controlado, Ikeda lograba obtener cristales purificados de fácil utilización sobre cualquier tipo de alimento y sin sabores añadidos: el glutamato monosódico refinado.

En base a este descubrimiento, se formó en Japón la empresa Ajinomoto Co, la cual masificó el uso del GMS en la cocina oriental e identificó al producto con su marca. Tras la rendición de Japón a EEUU en la 2ª guerra mundial, muchos secretos científicos nipones pasaron a los vencedores. Dentro de estos secretos estaba este aditivo para comidas, usado en las raciones de los soldados japoneses, y que intrigaba a los americanos porque daba buen sabor aún a la comida de peor calidad. En 1948, en una conferencia en Chicago se presentó el GMS y sus virtudes, a un grupo de compañías de alimentos (Oscar Mayer, General Foods, Kraft…) con el suficiente poder económico para comprar y usar este nuevo y adictivo ingrediente secreto. Los resultados fueron impresionantes, pues los consumidores desarrollaban lealtad a los productos de algunas marcas, a pesar de su pobre calidad. Gracias a la presencia del GMS, las mediocres comidas industriales evidenciaban buen sabor, se consumían abundantemente y la gente se hacía fiel consumidora.

Al masificarse la producción (fermentación de residuos de la industria azucarera) y reducirse los costos, las pequeñas empresas también podían hacer uso de este ingrediente “mágico”.

cubos-knorr-sazonadores-glutamato-550x309Los restaurantes que usaban GMS mostraron un gran retorno en su inversión. Cadenas que enfatizaban sus sabores a través del uso de hierbas y especias, comprendieron rápidamente los beneficios del nuevo saborizante. De pronto, comidas caseras que llevaban mucho tiempo, podían replicarse rápidamente en restaurantes fast food, aún con insumos de baja calidad. El GMS se convirtió en un común denominador de los alimentos industriales de escala. Además de restaurantes, al GMS se lo encuentra en fiambres, hamburguesas, snacks, mezclas de especias, alimentos conservados y procesados, sopas de sobre, cubitos de caldo, papas fritas, aliños para ensaladas, condimentos para carnes grilladas, salsas, mayonesas, etc. Por cierto que al aparecer las evidencias sobre su toxicidad, no fueron tomadas en cuenta, al convertirse el GMS en el engranaje adictivo que impulsaba el crecimiento de la gran industria alimentaria; por ello, ingeniosamente se acuñó el término nicotina alimentaria. A través de experiencias en animales y luego en humanos, el GMS se relacionó con déficit de atención (DDA), adicción, alcoholismo, alergias, esclerosis lateral amiotrófica, alzheimer, asma, fibrilación auricular, autismo, diabetes, resistencia a la insulina, depresión, mareos, epilepsia, fibromialgia, golpe de calor, hipertensión, hipotiroidismo, hipoglucemia, síndrome de intestino irritable, inflamación, migraña, esclerosis múltiple, obesidad, tumores en hipófisis, ataques de pánico, rosácea, trastornos del sueño, problemas de oído (tinitus), problemas de visión. Sin embargo, en la actualidad, aquí y en el mundo se sirven toneladas de GMS en comedores de fábricas, escuelas, hospitales… y a nadie parece importarle demasiado. John Erb reporta: “Durante los años 70 en EEUU hubo un movimiento acerca del GMS y sus efectos tóxicos. Entonces apareció un grupo de lobby: Glutamate Association ó Asociación del glutamato. Esta organización, integrada exclusivamente por fabricantes y procesadores de comida que usan el aditivo, fue creada para manipular los puntos de vista de los políticos y la gente acerca de la seguridad del GMS, y proteger sus intereses”. Frente a la probable demanda de los consumidores por alimentos sin GMS, los fabricantes escondieron al glutamato en todo el mundo, bajo nuevos nombres de ingredientes autorizados por los entes de control: proteína vegetal hidrolizada, suavizante natural de carnes, resaltador de sabor, extracto de levadura, saborizante natural, etc… Durante el gobierno de George Bush, por presión del lobby del GMS, se aprobó a las apuradas en el Congreso un proyecto denominado Ley de responsabilidad personal del consumo de alimentos. Dicho proyecto impide que un consumidor pueda demandar a los fabricantes, vendedores y distribuidores de alimentos, aún cuando pueda demostrar que han utilizado una sustancia química adictiva en sus alimentos. Como el nombre bien lo dice, el consumidor asume responsabilidad personal por el consumo. La industria alimenticia aprendió mucho de la industria del tabaco. ¿Se imagina lo que sería si los grandes del tabaco hubieran tenido una legislación como ésta, antes de que alguien advirtiera sobre los efectos de la nicotina?

MALAS COSTUMBRES IIX

LOS ADITIVOS “ADICTIVOS”

aditivosNo es casualidad que en muchos alimentos (incluso derivados cárnicos y saborizantes) figuren entre sus ingredientes, proteínas de leche y trigo; estos aditivos garantizan “fidelidad al consumo”, tal como promocionan los fabricantes de dichos “adictivos”, basados justamente en proteínas de trigo y lácteos. Además de generar apatía, adormecimiento y lentitud, los alimentos que contienen opiáceos son difíciles de abandonar. Personas que dejan de consumir lácteos y trigo, sufren al inicio los mismos síntomas del síndrome de abstinencia que protagoniza un adicto a las drogas: temblor en las manos, irritabilidad, sensación de vacío…

Las mujeres son más vulnerables a estas adicciones, en parte porque son más sensibles al dolor, en parte porque sufren más en situaciones de estrés debido a efectos hormonales. Por esta razón manejan habitualmente dosis más altas de analgésicos opioides y tienen mayores dificultades para resolver dicha dependencia. Para compensar el efecto de enlentecimiento mental que generan los opiáceos alimentarios, las personas se vuelcan al consumo de estimulantes (cafeína, mateína, teína, azúcar, taurina y otras yerbas), acompañantes infaltables en el consumo de los opiáceos alimentarios. Lejos de resolver el problema, este acoplamiento determina hábitos poco saludables, que sin embargo son socialmente bien aceptados.

MALAS COSTUMBRES VI

LA CAFEÍNA CÁRNICA

CarnesNaturalmente la carne animal provoca efecto adictivo y daños neuropsíquicos. Como bien explica Desiré Merien “compuestos de la carne animal excitan terminales nerviosos (lengua y estómago), provocando euforia (a nivel cervical), estimulación (próxima a la embriaguez) y aceleración de la corriente sanguínea. Como toda estimulación excitante, consume mucha energía y va seguida por una fase depresiva (necesaria para la recuperación energética), operando como una droga disipadora de energía”.

En este sentido vale aclarar algo poco conocido o valorado, que fundamenta lo antedicho. El ácido úrico, principal producto de desecho del metabolismo cárnico, es para nuestra fisiología corporal, molecularmente equivalente a la cafeína. Ambas sustancias pertenecen a la familia de las xantinas, cuyos efectos farmacológicos, semejantes en distintos sistemas orgánicos, son: acción estimulante del sistema nervioso central, acción relajante de la musculatura lisa, producen vasoconstricción de la circulación cerebral, estimulan la contractibilidad cardiaca, acción diurética, estimulación de la respuesta contráctil del músculo esquelético y síndrome de abstinencia.

En la tabla se hace evidente el efecto adictivo y estimulante de la proteína cárnica, teniendo en cuenta que estamos hablando de valores por encima de 200mg de ácido úrico (xantina) en una porción de 100 gramos, fácil de superar en una comida. En relación, una taza de café expreso de bar, cuyo efecto estimulante es bien conocido, contiene apenas 40mg de cafeína. Otros investigadores comprobaron que la ingesta regular de carne animal genera la presencia de compuestos en el cerebro (putrescina) que actúan como inhibidores de enzimas (glutamato decarboxilasa), lo cual influye sobre el comportamiento y explica conductas neuróticas, agresivas y hasta manifestaciones epilépticas. Por si no fuese suficiente, a todo ello se suman las nefastas reacciones que se generan durante la cocción de la proteína, dando lugar a moléculas complejas y artificiales (las ya vistas beta carbolinas, productos finales de glicación avanzada, moléculas de Maillard…) que nuestras enzimas no pueden degradar. Estos compuestos generan efectos ensuciantes, mutagénicos, neurotóxicos, cancerígenos y… adictivos; lo cual explica el elevado consumo y su regular demanda.