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EN BUSCA DE LA SALUD PERDIDA

11376105-nino-enfermo-en-la-camaAunque muchas personas piensen lo contrario, lo cierto es que los fármacos, las hierbas medicinales, las terapias o los tratamientos terapéuticos, lejos de mejorar la condición física del paciente, empeoran su situación. Puesto que el ser humano sólo puede confiar en su propio organismo para iniciar un proceso de recuperación, tendremos que satisfacer todas sus necesidades esenciales.

A diario recibo numerosas peticiones de lectores que solicitan remedios terapéuticos. En contra de la creencia popular, debemos dejar bien claro que el término “curación” carece de sentido al tratarse de un mito perpetrado por las autoridades sanitarias. Cuando el organismo advierte la existencia de sustancias perniciosas en el interior de sus órganos, inicia un proceso de desintoxicación que la comunidad sanitaria confunde incomprensiblemente con la enfermedad. Cualquier interferencia en este proceso de emergencia interrumpe drásticamente la medida de limpieza y provoca una mayor acumulación de residuos tóxicos en el interior del organismo. Como resultado de esta transgresión fisiológica, el ser humano sufre una inestabilidad estructural que se traduce en un estado de disfuncionalidad orgánica.

Si sus hábitos de vida se encuentran en clara confrontación con sus disposiciones biológicas –alimentos fritos y cocinados, condimentos, aderezos, huevos, carne, pescado, productos lácteos y legumbres–, su organismo iniciará una serie de medidas de limpieza que pondrán fin a su estado de toxicidad orgánica. Esta situación empeorará si duerme pocas horas, no realiza ejercicios, sufre de estrés, se encuentra cansado o no recibe los beneficios de la luz natural. En resumidas cuentas, si no satisface las necesidades esenciales que enumerare más adelante, continuará sufriendo las consecuencias de la enfermedad.

Cada vez son más las personas que, fruto de los hábitos de vida insalubres, sufren alguna que otra condición patológica. El cansancio, el estrés, la falta de sueño, la inestabilidad emocional o las prácticas dietéticas perniciosas son algunos de los factores que provocan una fermentación o putrefacción (indigestión) en el tracto intestinal. Cuando la cantidad de sustancias tóxicas presentes en el interior del organismo supera su capacidad de tolerancia, el organismo humano utiliza unos canales extraordinarios de expulsión.

Basta comprobar la saburridad de la lengua tras permanecer veinticuatro horas sin consumir otro producto que no sea agua, para demostrar la existencia de sustancias tóxicas en el interior del organismo. Puesto que el cuerpo humano requiere toda su energía para iniciar un proceso masivo de desintoxicación, le recomiendo se someta a un régimen de ayuno para facilitar esta recuperación natural. (siempre bajo la guia y supervision de un profesional)

Como ya he indicado con anterioridad, la enfermedad surge como resultado de un estado de toxicidad que recibe el nombre de toxemia o toxicosis. Cuando el cuerpo humano inicia una crisis de desintoxicación –resfriados, gripes, dolores de cabeza, tos, conjuntivitis, acné, herpes o dolores de garganta–, debemos cooperar con el organismo y no interferir en su proceso de curación. Lejos de mitigar sus esfuerzos vitales con la administración de fármacos, hierbas o tratamientos terapéuticos, tenemos que guardar cama y descansar. Puesto que el proceso digestivo requiere un gasto importante de energía, es recomendable inicie un programa de ayuno que facilite la acción del organismo. Los alimentos, el esfuerzo físico y la ingestión de fármacos o hierbas medicinales no harán más que empeorar la situación. Curiosamente, el índice de mortalidad desciende hasta en un sesenta por ciento cuando los médicos inician una huelga general, reduciéndose con ello la administración de sustancias perniciosas.

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MALAS COSTUMBRES X

ENDORFINAS Y ALIMENTOS

AZUCARcopiaPero trigo, lácteos, papas y aditivos no son los únicos actores de la escenografía adictiva. No olvidemos a nuestras endorfinas, es decir, la “morfina endógena”. Y dichos péptidos se generan a partir de ciertos neurotransmisores que establecen determinados circuitos. Uno muy estudiado e influenciado por el alimento cotidiano es el circuito de la dopamina. Sus mecanismos se suelen describir como “la ruta de la dopamina”, circuitos cerebrales que comparten la cocaína y la heroína. La dopamina produce satisfacción y placer, siendo activada por sustancias como el alcohol, la nicotina, la cocaína, las anfetaminas… y los hidratos de carbono. También el gluten del trigo es un activador de la dopamina. En general todos los carbohidratos refinados (sacarosa, jarabe de maíz de alta fructosa, harina blanca, féculas) lo son; y este efecto de euforia fugaz está en el origen de las adicciones alimentarias. Rápidamente se genera un efecto de tolerancia, por el cual cada vez se necesitan dosis más altas para producir el mismo efecto. Este mecanismo hace sentir sus efectos también sobre la glucosa, la insulina y la serotonina, y se potencia cuando el carbohidrato refinado está acompañado por grasas. También la carne potencia estos efectos, estimulando la producción de insulina (aún más que las pastas) y aportando grasas. Esto nos permite comprender las razones adictivas que subyacen detrás de las combinaciones alimentarias más irresistibles y difíciles de abandonar, basadas en el quinteto lácteos/trigo/azúcares/carnes/grasas: o sea chocolate, pizzas, facturas, pastas, hamburguesas, papas fritas, gaseosas (con sus omnipresentes dosis copiosas de azúcares y cafeína)… ¿Comprende porque “morimos de ganas” por estas cosas y no por una manzana o una planta de apio?

Como vimos antes, otro elemento que genera opiáceos adictivos es la cocción, sobre todo cuando supera los 100ºC, algo común en horneados, frituras y grillados. Como bien saben los fabricantes de aditivos saborizantes, al calentarse proteínas (sobre todo de leche y trigo) y azúcares, se generan las llamadas aminas heterocíclicas, sustancias exactamente iguales a las que aporta el cigarrillo y de similares efectos adictivos, con el agravante que consumimos más volumen de comida que de cigarrillos.

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LOS ADITIVOS “ADICTIVOS”

aditivosNo es casualidad que en muchos alimentos (incluso derivados cárnicos y saborizantes) figuren entre sus ingredientes, proteínas de leche y trigo; estos aditivos garantizan “fidelidad al consumo”, tal como promocionan los fabricantes de dichos “adictivos”, basados justamente en proteínas de trigo y lácteos. Además de generar apatía, adormecimiento y lentitud, los alimentos que contienen opiáceos son difíciles de abandonar. Personas que dejan de consumir lácteos y trigo, sufren al inicio los mismos síntomas del síndrome de abstinencia que protagoniza un adicto a las drogas: temblor en las manos, irritabilidad, sensación de vacío…

Las mujeres son más vulnerables a estas adicciones, en parte porque son más sensibles al dolor, en parte porque sufren más en situaciones de estrés debido a efectos hormonales. Por esta razón manejan habitualmente dosis más altas de analgésicos opioides y tienen mayores dificultades para resolver dicha dependencia. Para compensar el efecto de enlentecimiento mental que generan los opiáceos alimentarios, las personas se vuelcan al consumo de estimulantes (cafeína, mateína, teína, azúcar, taurina y otras yerbas), acompañantes infaltables en el consumo de los opiáceos alimentarios. Lejos de resolver el problema, este acoplamiento determina hábitos poco saludables, que sin embargo son socialmente bien aceptados.

MALAS COSTUMBRES VII

EL VALIUM ALIMENTARIO

Salud-emocional-Curese-usted-mismo2Siendo una recomendación básica la eliminación de almidones en la dieta fisiológica, es notable cuánto le cuesta a la gente renunciar al consumo de cereales, papas y derivados; y no necesariamente por falta de voluntad. Hace tiempo un estudio demostraba que granos de trigo y tubérculos de papa contienen benzodiacepinas farmacológicamente activas, compuestos que muestran gran afinidad con receptores cerebrales de los mamíferos. Las benzodiacepinas son más conocidas por su presencia en medicamentos como el Valium, que ejercen un efecto calmante al estimular un neurotransmisor (ácido gamma-aminobutírico), tal como lo hacen los opiáceos (heroína, morfina) y los cannabis (marihuana), activando hormonas del placer en el cerebro (dopamina) y mecanismos de “recompensa”. Otro estudio mostraba que altos niveles de dopamina en el cerebro genera conductas adictivas. Todo esto explica el rótulo de “alimentos confort” que reciben la papa y los panificados, al generar efecto de calma y satisfacción.

MALAS COSTUMBRES V

LAS DULCES DROGAS

dieta modernaUn reciente informe de New Scientist, del cual reproduzco algunos tramos, expone evidencia contundente de que los alimento con alto contenido de azúcar, grasa y sal (como la mayor parte de la comida chatarra) pueden provocar en nuestro cerebro las mismas alteraciones químicas que producen drogas altamente adictivas como la cocaína y la heroína. Hasta hace apenas cinco años, esta era una idea considerada extremista. Pero ahora, estudios realizados en humanos confirman los hallazgos hechos en animales, y confirman los mecanismos biológicos que conducen a la “adicción a la comida chatarra”, convirtiéndose rápidamente en opinión oficial de los investigadores. “Debemos educar a la población sobre el modo en que las grasas, el azúcar y la sal toman al cerebro de rehén”, dice David Kessler, ex comisionado de la Administración de Alimentos y Drogas, de los Estados Unidos, y actual director del Centro para las Ciencias de Público Interés. En 2001 los neurocientíficos Nicole Avena, de la Universidad de Florida, y Bartley Hoebel, de la Universidad de Princeton, comenzaron a explorar el tema. Dado que el azúcar es un ingrediente clave en la mayoría de la comida rápida, alimentaron ratas con jarabe de azúcar en una concentración similar a las bebidas gaseosas, durante unas 12 horas diarias, junto con alimentos normales para ratas y agua. Al mes de consumir esta dieta, las ratas desarrollaron cambios cerebrales y de comportamiento químicamente idénticos a los ocurridos en ratas adictas a la morfina: se daban atracones de jarabe de azúcar y cuando se lo quitaban, se mostraban ansiosas e inquietas; claros signos de abstinencia. También se verificaban cambios en los neurotransmisores de la región del cerebro asociada con la sensación de recompensa.

Pero el hallazgo crucial se produjo cuando advirtieron que el cerebro de las ratas liberaba dopamina cada vez que comían la solución de azúcar. La dopamina es el neurotransmisor que se encuentra detrás de la búsqueda del placer, ya sea en la comida, las drogas o el sexo. Es también una sustancia química esencial para el aprendizaje, la memoria, la toma de decisiones y la formación del circuito de satisfacción y recompensa. Para los investigadores, lo esperable era que la descarga de dopamina se produjera cuando las ratas comían algo nuevo, pero no cuando consumían algo a lo que ya estaban acostumbradas, tal como pudieron comprobar. “Esa es una de las marcas distintivas de la adicción a las drogas”, aseguran.

Esa fue la primera evidencia firme de que la adicción al azúcar tenía un sustento biológico, y desencadenó una catarata de estudios sobre animales que confirmaron el hallazgo. Pero fueron los recientes estudios en humanos los que finalmente volcaron la balanza de la evidencia a favor de etiquetar la afición por la comida chatarra como una adicción. Suele describirse la adicción como un trastorno del “circuito de recompensa” desencadenado por el abuso de alguna droga. Es exactamente lo mismo que sucede en el cerebro de las personas obesas, dice Gene-Jack Wang, del Laboratorio Nacional Brookhaven, del Departamento de Energía de Estados Unidos. En 2001, Wang descubrió una deficiencia de dopamina en los estriados cerebrales de los obesos que era casi idéntica a la observada en drogadictos. En otros estudios, Wang demostró que incluso los individuos que no son obesos, frente a sus comidas favoritas, experimentan un aumento de la dopamina en la corteza orbito frontal, una región cerebral involucrada en la toma de decisiones. Es la misma zona del cerebro que se activa en los cocainómanos cuando se les muestra una bolsita de polvo blanco. Fue un descubrimiento impactante que demostró que no hace falta ser obeso para que el cerebro manifieste conductas adictivas.

Otro significativo avance para determinar el carácter adictivo de la comida chatarra se debe a Eric Stice, neurocientífico del Instituto de Investigaciones de Oregon. Stice descubrió ante la ingesta de helado, que los adolescentes delgados con padres obesos experimentan una mayor descarga de dopamina que los hijos de padres delgados. Ese placer innato por la comida impulsa a ciertas personas a comer de más.

Irónicamente, justamente porque comen de más, su circuito de recompensa comienza a acostumbrarse y a responder cada vez menos, provocando que la comida cada vez los satisfaga menos e impulsándolos a comer cada vez más para compensar. En el fondo, lo que están buscando es repetir el clímax logrado en sus experiencias gastronómicas anteriores: precisamente lo mismo que se observa en alcohólicos y drogadictos crónicos. El neurocientífico Paul Kenny, del Instituto de Investigaciones Scripps, investigó el impacto de una dieta de comida chatarra en el comportamiento y la química cerebral de las ratas. En un estudio demostró que desencadena los mismos cambios en el cerebro que los causados por la adicción a las drogas en los humanos. Tanto en animales como en humanos, el consumo sostenido de cocaína o heroína atrofia el sistema de recompensa cerebral, lo que conduce aun incremento de la dosis, ya que el recuerdo de un efecto más placentero incita a consumir más para sentir lo mismo, o incluso superarlo.

Kenny demostró que las ratas que habían tenido acceso ilimitado a la comida chatarra y luego una brusca carencia, entraron lisa y llanamente en huelga de hambre, como si hubieran desarrollado aversión por la comida sana. El acceso ilimitado a una droga altamente adictiva como la cocaína tiene un impacto enorme en el cerebro, afirma Kenny: “los cambios llegaron de inmediato y observamos efectos muy pero muy impactantes. Las ratas obesas con acceso ilimitado a la comida chatarra tenían el sistema de recompensa atrofiado y eran comedoras compulsivas. Preferían soportar las descargas eléctricas instaladas para disuadirlas de acercarse a la comida chatarra, incluso cuando la comida común estaba disponible sin castigo. Es exactamente el mismo proceder de las ratas adictas a la cocaína”.

En otros estudios sobre ratones que tenían acceso a cocaína, cuando se les dio a elegir entre la droga y el azúcar, se comprobó que rápidamente optaban por el compuesto azucarado. Como señalaron los investigadores: “Estos descubrimientos muestran que una fuerte sensación de dulzura sobrepasa la estimulación máxima de la cocaína, incluso en usuarios adictos y sensibles a las drogas”.

MALAS COSTUMBRES IV

EL CANNABIS INTERNO

¿Alguna vez se preguntó por qué es imposible comer sólo una papa frita? Se ha comprobado que estos alimentos ricos en grasas son los que más contribuyen al aumento de peso y la obesidad, pero también son los más difíciles de resistir. Científicos de la Universidad de California, en Irving, descubrieron que al ingerir estos “irresistibles” alimentos, nuestro intestino produce endocanabinoides (sustancias similares a los compuestos que contiene la marihuana), lo cual genera nuestra conducta glotona.

Los endocanabinoides son un grupo de moléculas grasas que están involucradas en varios procesos fisiológicos, incluido el apetito, la sensación de dolor, la memoria y el estado de ánimo. Son sustancias similares al cannabis, pero producidas de forma natural por el propio organismo, que provocan ansias por seguir consumiendo alimentos grasos, al liberar compuestos digestivos vinculados al hambre y la saciedad.

El profesor Daniele Piomelli, profesor de farmacología y director del estudio, señala que es una respuesta evolutiva, ya que las grasas son cruciales para la función celular y eran escasas en la naturaleza: “Sin embargo, en la sociedad contemporánea, las grasas están ampliamente disponibles y la necesidad innata de comer alimentos grasos ha conducido a la obesidad, la diabetes y el cáncer. Es decir que el mecanismo natural que alguna vez ayudó a los mamíferos a sobrevivir, ahora está provocando el efecto inverso”.

MALAS COSTUMBRES II

LOS OPIÁCEOS ALIMENTARIOS

azucarEn nuestro organismo tenemos receptores cerebrales para importantes moléculas endógenas, llamadas endorfinas. Las generamos cuando debemos escapar de algún peligro, nos encontramos heridos o necesitamos condiciones especiales para sobreponernos a ciertas exigencias. Las endorfinas generan efectos placenteros, incrementan la resistencia física, provocan euforia, tienen poder analgésico… y también resultan adictivas.

Por cierto no somos los únicos seres vivos generadores de este tipo de moléculas; también los animales y las plantas las generan internamente para distintos fines. Encontramos péptidos opiáceos (nombre técnico) en la secreción láctea de los mamíferos y en algunos vegetales alimentarios, como el trigo o la papa.

Los opiáceos cumplen un papel esencial en la cría de los mamíferos y están presentes en todas las especies. Terneros y bebés reciben sus primeras exorfinas con las mamadas iniciales. Esto genera en el neonato una dependencia hacia la madre y un estímulo a consumir alimento. Además lo tranquiliza y lo duerme, cosa sencillamente comprobable en la reacción de los lactantes luego de mamar.

Estos péptidos opiáceos, además de asegurar la ingesta de nutrientes por parte del neonato y garantizar su descanso (modo de asegurar la rápida multiplicación celular), cumplen otra función clave. Dado que el bebé está recibiendo un alimento altamente especializado y específico, la Naturaleza crea mecanismos para aprovechar al máximo este nutriente perfecto. Por ello, los péptidos opiáceos de la leche incrementan la permeabilidad intestinal, o sea “abren” la malla filtrante (la mucosa) para que no se desperdicie una sola gota de la valiosa secreción láctea materna.

Si bien la mucosa intestinal está diseñada para evitar el paso de alimentos no digeridos o sustancias tóxicas, al ser la leche materna un alimento perfecto y totalmente digerible, el neonato no corre riesgos. Por ello, la mucosa se hace más permeable, a fin de no desperdiciar una sola gota de este nutriente vital, asegurando la absorción de los factores de crecimiento presentes en la leche materna. Pero lejos de consumir nuestro alimento originario y fisiológico, los adultos estamos expuestos a gran cantidad de sustancias tóxicas e inconvenientes. Esta es una de las razones naturales por la cual los neonatos mamíferos dejan de consumir secreciones lácteas tras el destete… y menos aún de otra especie.

También algunos vegetales sintetizan moléculas opiáceas, a fin de defenderse de sus enemigos. Es el caso del trigo, cereal dotado de péptidos que adormecen a sus predadores. Una sola molécula proteica de gluten hallada en el trigo, contiene 15 unidades de un particular péptido opioide. El gluten del trigo contiene un número de opiáceos extremadamente potentes. Algunas de estas moléculas son incluso 100 veces más poderosas que la morfina. Los sacerdotes del antiguo Egipto utilizaban al trigo para alucinar, y lo empleaban en los vendajes, para disminuir el dolor provocado por las heridas. Los emperadores romanos sabían que el pueblo no se rebelaría mientras tuviera pan y entretenimiento.

Todos los productos derivados del trigo contienen péptidos opioides: pan, pasta, pizza, galletas, tortas, empanadas, tartas, etc. Al padecer un dolor dental, se puede masticar pan durante 10 minutos a fin de aliviar el dolor, con lo cual se comprueba su potencia anestésica.

La Naturaleza no se equivoca y todo funciona correctamente…en sus ámbitos naturales. El problema es cuando ingerimos estos opiáceos y lo hacemos en grandes volúmenes diarios. Los científicos los bautizaron como exorfinas, al ser estructuras (como la morfina) que se producen fuera del organismo.

Dado que poseemos receptores para estas moléculas, las asimilamos perfectamente, tal como hacemos con nuestras endorfinas.  Y nos generan lo que naturalmente deben generar…

El principal problema de los péptidos opiáceos se visualiza en la función intestinal. Por un lado, la capacidad adormecedora de estas sustancias, “anestesia” vellosidades y paredes intestinales, generando estreñimiento y constipación. Es sencillo constatar la masificación de este padecimiento (el famoso “tránsito lento” femenino) y las graves consecuencias que genera, como desencadenante del “ensuciamiento” corporal.

Por otra parte, el incremento de la permeabilidad intestinal es algo que potencia y “garantiza” el problema. Los alimentos no digeridos y las sustancias tóxicas, se frenan y se descomponen, por efecto del estreñimiento, mientras que la mayor permeabilidad facilita su rápido ingreso al flujo sanguíneo.